Boyacá en sus campos
Por: Lyda Jazmín Castañeda González
Diseñadora de experiencias turísticas
Escribir
se ha convertido en mi refugio creativo. Mi tiempo ahora está
dedicado al cuidado de mi madre y quehaceres del hogar durante el dia; en la noche,
cuando todo entra en silencio, mi momento sagrado: la escritura.
Compartiré el resumen del viaje a Boyacá:
El 8
de enero: Descansé hasta las seis de la mañana, luego me alisté,
esperé a Albita —quien cuida a mi madre en mi ausencia—, desayuné, me
despedí y me dirigí hacia “Papi quiero piña”, (una parada al sur del municipio
de Floridablanca), a esperar el transporte.
La piratería, se ha convertido en un fenómeno habitual en el sector: una fila de carros cazando pasajeros con
destino a San Gil. No contaban con la presencia de los funcionarios de
tránsito, alertados por una llamada telefónica. Observaba la escena y sólo me preguntaba: ¿cuánto tiempo se requiere aprender para que las empresas de transporte cumplan con las necesidades de los pasajeros?. El tiempo
es oro, amanecerá y veremos.
Finalmente
llegó la buseta. Me asignaron el puesto 16, la última fila al final del pasillo, el
puesto perfecto, mantuve las piernas estiradas y estuve cómoda todo el tiempo.
Saqué el celular, abrí Spotify, y me dispuse a escuchar la colección de son cubano como mi compañero de
viaje.
Al llegar a Duitama, el frío me recibió con un fuerte abrazo. Una bienvenida inigualable, habia llegado por fin a casa, un sentimiento que no tiene precio.
Llegué al hotel, dejé el equipaje y salí en busca de comida. Entre tantos
lugares, hay uno en especial: la Cafetería Tropical. Pedí aguapanela con queso y
almojábana, “el manjar de los dioses”, en casa no lo puedo preparar debido a
que mi madre es diabética. Al terminar, regresé al hotel a dormir. Era justo y
necesario.
Viernes
9
de enero: era el día más esperado: subir al Tren de la Alegría y la
Esperanza, “el circuito completo”. Me levanté temprano, volví a la Cafetería a
desayunar, esta vez pedí una cazuela boyacense famosa por sus ingredientes:
leche, cilantro, almojábana y huevo, luego, preparé cafecito destinado para
este viaje. El varietal Caturrón,
en proceso natural, con un perfil de taza a chocolate de leche, frutos
deshidratados y ciruela, de cuerpo brillante y jugoso del productor Orlando
Peña del Huila, en filtrado Aeropress.
Después
me dirigí a la Biblioteca Pública Zenón Solano Ricaurte para consultar libros
sobre la historia de Duitama y sus alrededores, con esta investigación daba
comienzo a la construcción del árbol genealógico. Amo las bibliotecas; son
lugares donde reposan ideas asombrosas de escritores de todas las épocas.
Más tarde tomé el transporte hacia el terminal con destino a Nobsa, “el pueblo de las ruanas”. Al llegar, pregunté por la estación Nazareth y, para mi sorpresa, me informaron que estaba más adelante.
Era hora de almorzar, así que
decidí hacer una pausa: buscar un restaurante, luego, recorrer el
parque principal, tomar algunas fotografías para recordar, luego, tomé el transporte correcto rumbo a Nazareth.
Mi mayor preocupación era el
regreso en horas de la noche, hasta que conocí a una pareja de Bucaramanga, al igual que yo, vivían por
primera vez la experiencia del tren y compartíamos la misma intranquilidad, no obstante,
conversando con algunos participantes, una pareja contaba con transporte y aceptaron
con generosidad llevarnos de regreso a Duitama.
Por fin llegó el tren, acompañado con un fuerte
aguacero, presenté la boleta, y me
asignaron el vagón presidencial, acompañada por familias conformada por adultos mayores, padres con sus hijos. El
viaje comenzó y la guía turística nos explicó la historia de la empresa Acerías Paz del Rio; luego me perdí en el paisaje del rio Chicamocha.
La conversación de un par de niños llamó mi
atención. Hablaban de videojuegos, aplicaciones y encuentros virtuales con
absoluta naturalidad y al mismo tiempo percibir el abismo de desconexión entre
adultos y niños, el mensaje fue puntual: aprender a escuchar sin prejuicios,
comprender los puntos de vista del otro, apreciar cada etapa de la vida a su
propio ritmo.
Sábado
10 de enero: Literalmente no pude dormir, llegó la hora de
levantarme, alistarme, desayunar y salir rumbo a Paipa para vivir la
experiencia de la equino terapia en el Club de Chalanería Valhalla. Allí, me
recibieron con cariño Luz y Alba —dos mujeres extraordinarias— me presentaron a
Lía, una yegua de color moro. Aprendí a presentarme, permitirle olerme, peinarla, conectar energéticamente, respetar y valorar el arte de la
chalanería. Nunca antes había recibido una inducción tan asombrosa. Me sentí
honrada por tanta sabiduría.
Luego,
cabalgamos hasta la finca caprina “La Morenita”, atendida por Carlos y Mayo. Interactué con cabras de raza
alpina, y por supuesto conocí a el famoso "Elvis" —el macho reproductor—, estuve en la sala cuna dando
tetero a las crías, degustar el queso elaborado con leche de cabra, madurado a 45
días y ahumado como método de conservación, ¡exquisito!. Por supuesto, compré queso para compartirlo
en casa a la hora del café.
A las
cinco de la tarde llegué a Paipa en busca de almuerzo. El cansancio era notable; solo quería dormir, mientras tanto, corría la noticia en redes
sociales sobre la muerte de Yeison Jiménez, me dejó en shock, no soy fan de la
música popular, pero la pérdida de este artista me conmovió y me hizo reflexionar lo frágil que puede ser la vida.
Aún me quedaba una actividad por realizar: visitar al señor Campo Elías, sobandero de profesión, reconocido por su habilidad para ajustar el sistema esquelético. Hacía dos años que no lo visitaba y, como era de esperarse, mi cuerpo estaba completamente desajustado: cuello, columna, manos, pies, cadera, rodillas… Salí como nueva, y a dormir profundamente.
Domingo
11 de enero: desperté a las seis, me quedé pereceando hasta
las siete. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Organicé la maleta: era hora de
regresar a Bucaramanga, pero aún tenía dos actividades pendientes.
Recorrer
las calles de Duitama. Dejé todo listo en el hotel y fui a desayunar con cazuela
boyacense, acompañado por mi cafecito especial. El preludio perfecto para salir
a caminar la ciudad en la busqueda de las esculturas del oso andino, símbolo de identidad
del territorio Tundama
Estuve en el Parque El Carmen, entré al templo del mismo nombre, tomé fotografías, continué caminando hasta llegar al centro comercial Innovo, en el segundo piso se halla un negocio muy acogedor “Sabor a Boyacá”.
Siguiente
parada: Pueblito Boyacense. Recorrí sus cuadras, enfocándome en los pequeños
detalles. Dos horas después, recogí las maletas y me dirigí al terminal para
volver a Bucaramanga. Abrí Spotify, para escuchar la colección musical de Hans Zimmer.
El viaje fue revitalizador. En cuanto al Tren de la Alegría y la Esperanza me gustó, aunque,
enviaré algunas observaciones para mejorar la experiencia. El Club de
Chalanería Valhalla fue espectacular: la cultura equina merece toda la atención
para reconectarnos con la naturaleza. La experiencia caprina, mis felicitaciones
a Carlos y Mayo por su dedicación.
Y
Duitama… Duitama es, sin duda, mi verdadero hogar.
Nos
vemos en el siguiente relato con Armonía Travel, con la preparación del
siguiente viaje: Vitrina Turistica ANATO 2026 en Bogotá.
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